Imagen: Sai de Silva
Imagen: Sai de Silva

No quiero ser una mujer fuerte. No quiero ser independiente. Ni mujer orquesta, ni mujer copada. No quiero hacerme respetar mostrando mis cualidades. No quiero saber nada con todo eso.

Cuando era chica y no se hablaba del feminismo porque estaba debajo de una gruesa capa de olvido, a mí me criaba una mujer independiente. Ya se había hablado de los derechos de la mujer, ya trabajaban, ya votaban, ya podían usar pantalones. Ya habían habido conquistas. En ese entonces, en plena década del noventa, la mujer parecía ser “libre”. Y, a mí, me criaba una mujer libre. Libre porque no tenía marido, porque trabajaba y disponía de su vida. Hasta ahí. Más que libre, era fuerte, porque no tenía marido, porque trabajaba, porque criaba a sus hijas sola. Era joven y tenía una vida dedicada a sostener esa pequeña familia. ¿Qué son los derechos y la igualdad? No había tiempo para pensar en eso. Además, era una “privilegiada” porque no tenía al lado a alguien que le dijera qué hacer.



Yo estaba orgullosa de mi madre, siempre estaba increíblemente elegante, aún después de haber trabajado todo el día. Ella no podía “hacer puerta” en la escuela y chusmear con las otras madres, no había tiempo, venía, nos buscaba volando y a casa. A merendar, a hacer los deberes, a prepararse para el otro día. Era la más linda de todas las madres que esperaban a sus hijos. Porque mi madre trabajaba, era elegante, limpiaba la casa, cortaba el pasto el fin de semana, pintaba, arreglaba, cocinaba, nos llevaba al médico, a pasear, de vacaciones y a la escuela de nuevo. Todo eso de punta en blanco, no se le movía un pelo. Yo quería ser como mi madre. Una mujer orquesta.



Hasta que crecí. Y aunque heredé eso de ir siempre maquillada a trabajar, y de que me combinen hasta las medias con las bombachas, de que yo me mantengo y nadie me diga qué hacer; de tener mi carrera y mi casa reluciente, hasta mis gatos peinados y con las uñas bien cortadas, algo del cuento no me cerraba.


Quedarse con los límites ajenos puede ser tan difícil como asumir la búsqueda de los propios, pero, quizás, resulte menos revelador



Las mujeres fuertes se hacen, las mujeres orquesta, las mujeres libres, las mujeres copadas. Se hacen. A fuerza de vida. Porque otros (por lo general son otros, varones, y no me pregunten por qué a mí, vayan a leer por ahí sobre eso) han hecho su camino, porque la comunidad ya no existe más, la vida solidaria y entrelazada de unas con otras/os es un recuerdo lejano de otras épocas. La posibilidad de ser libre y decidir por la vida propia es una ilusión que no pueden realizar muchas personas, y sí, lamento decirlo, la mayoría de ellas son mujeres.



La realidad es que cuando crecí no quise ser así libre, así fuerte. Quise poder contar con otras/os, quise poder ser vulnerable como cualquier ser vivo, pero el mundo que creamos no tolera la fragilidad humana y su potencial autónomo, entonces, como castigo, nos convierte en máquinas autómatas. La mujer fuerte como un valor esconde todas las carencias a las que la somete ese mundo que la quiere máquina, que la quiere esclava hasta de sí misma.



Yo quiero ser poderosa con otras por elección, y no porque es la única manera de sobrevivir que nos queda. Quiero sólo el poder de amar más y mejor, no hay otro poder que valga el sacrificio. Quiero ser libre de contar con otras/os. Quiero atender a lo que pueda y quiera atender y no a todas aquellas otras cosas que los demás exigen para convertirme en orquesta.



Quiero ser lo que elegiría ser cualquier mujer si no tuviera “la obligación de”. Quiero ser humana. Trabajo para ello. Para no ser perfecta. Ser humana reúne tantas cosas que no caben en estas pocas líneas. Pero puedo intentar decir lo que no es: elegante, perfecta, señorita, multitasking, educada, prolija, decente y podría continuar un rato largo. Me gusta valorar que ser humanas es ser amadas por el sólo hecho de existir, porque toda vida merece ser amada y punto. ¿Por qué hay que hacerse valer para ser queridas/os y respetadas/os?



¿Por qué hay que hacerse valer para ser queridas/os y respetadas/os?






Respiro, soy, valgo. Una vida. Creación del universo. Ni la costilla de nadie, ni el proyecto de ninguna sociedad.  


Yo sé que me pongo radical, extremista, fundamentalista, (inserte aquí la palabra que más le simpatice), pero no me preocupa. Por que crecí y vi que esa maravilla de madre que tenía se hizo porque fue empujada a ese lugar, tomó las riendas del asunto e hizo lo que mejor pudo hacer. Y hoy la aliento a que haga lo que de verdad quiera hacer, ya no tiene que criar a niñas pequeñas, ya somos mujeres grandes en las cuales ella puede apoyarse. Porque creo que es necesario insistir, por las vidas pequeñas, por las que vienen, porque las que todavía están a tiempo de vivir diferente.



No quiero que este mundo me siga empujando hacia ningún lado donde no quiera estar, ni que le pase lo mismo a otras mujeres. Tampoco quiero verlas como toman ese lugar y lo hacen propio. Pueden protestar y decir que no quieren estar ahí. Pueden decir, “no lo sé”, “no tengo ganas”, “no quiero”, “no me interesa”. Pueden no ser perfectas y es lo más hermosamente humano que pueden elegir vivir.


Suena aliviador, porque aunque parezca que lo cuesta trabajo es quitarse el casette (qué antigüedad) del “deber ser”, lo que cuesta es hacerse cargo de una libertad para la que el mundo no nos preparó. Hay que salir e inventar el cómo, y en eso estamos.

Con amor, Luján.-

2 thoughts on “NO QUIERO SER UNA MUJER FUERTE”

  1. Una vida de observación. Sin dudas. Eso nos hace sabias y maduras, aunque no seamos adultas
    El relato me resulta muy cercano. Muy cotidiano. Profundo y conmovedor. Muchas gracias

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *