Fotografía: Joanna Nix
Fotografía: Joanna Nix

Ser mujer hoy implica ser independiente, libre de elegir qué camino tomar y cómo querer vivirlo. Elegir si queremos o no ser madres y cómo, qué trabajo queremos tener, qué estilo queremos adoptar, a dónde queremos ir a veranear y qué tipo de marido queremos al lado o tal vez aceptar que no queremos ninguno.

Pero (siempre hay algún pero escondido detrás de la dulzura de la libertad), se sigue imponiendo tácitamente que las mujeres deben ser madres, bellas y buenas esposas. Lo de la libertad de trabajar es una golosina que no siempre resulta placentera. No porque no nos guste trabajar tanto o más que a los hombres sino que los trabajos que nos quedan no siempre podemos elegirlos y no siempre se dan como nos gustaría que se den. Y quién se queja, es una insatisfecha. Hay mujeres que “deben” hacerse cargo de sus familias y ese es su trabajo porque así les tocó. Muchas veces escucho como ellas olvidan otros sueños, los minimizan o se obligan a a enamorarse de su tarea, no porque ésta sea mala en sí, sino porque no es lo que hubieran elegido hacer en primer lugar. ¿Tan difícil es para el mundo darles la oportunidad de encontrar esa realización que decidieron esconder abajo de la alfombra? Y digo darles porque no se trata de una decisión individual de una mujer de ir hacia dónde ir, aunque muchas lo crean así, hay un entramado de mandatos que se llevan atravezados en el cuerpo como espinas que no se ven pero arden.



“No seas dejada”


Detrás de la “necesidad de sentirnos lindas” se esconde la obligación para aquellas que no quieren maquillarse o ir siempre a la peluquería. “No se cuida, no se arregla”, es la sentencia de amigas, familiares o desconocidos que no saben los pormenores de su vida ni por qué no luce como “debería” lucir. La realidad es que hay mujeres que quisieran verse diferentes pero no saben cómo y también hay otras que no tienen ningún complejo en cómo las ven los demás. Está claro que “qué importa lo que dicen”, pero mi pregunta es: ¿por qué los demás siempre tienen algo que decir?

Esta tarde escuchaba en la radio a una periodista hablando del vello femenino y las mujeres que deciden no depilarse como si se tratara de un acto antinatura. No se trataba de una periodista vieja, conservadora o anticuada, todo lo contrario. Sin embargo ella no podía con la idea de que una mujer decidiera no depilarse. Yo me depilo, como muchas de ustedes, así me enseñaron y así me acostumbré. Me cuesta mucho dejar de hacerlo, lo intenté pero reconozco que la marca cultural es más fuerte. No me gusta verme con pelos, ni sentirlos. Muchos varones e incluso mujeres insultan a las mujeres que no se depilan la cara, o cualquier parte de su cuerpo. Mi pregunta es siempre la misma: ¿por qué los demás siempre tienen algo que decir? Sobretodo cuando el cuerpo intervenido no es el propio sino el del otro o la otra en ese caso. La depilación quizás sea una pequeña cosa que las mujeres aún cargamos como obligación sutil, pero es una de tantas. Incluso una que no es tan perjudicial al lado de otras.



“Es tu decisión”





Querer, desear y elegir no siempre van de la mano. Una mujer no elige sola sobre su vida aunque nos quieran convencer de lo contrario, de que “tenés la vida que querés tener” o que “hoy en día hay mucha libertad”. Hay una pila de estructuras entre las que debemos movernos con cuidado para no salir heridas, para no encontrarnos, sin saber cómo, hasta el cuello en una realidad que no es la que deseamos para nosotras. Desde decidir si tiene que ver con nosotras depilarnos hasta tener hijos o no. Cuando te halagan por lo flaca que estás, cuando te felicitan porque parecés de menos edad de la que tenés, cuando te preguntan por qué no tenés un auto si trabajás un montón y te “facilitaría la vida”, cuando te preguntan por qué vos y tu novio no tienen un hijo ya que se llevan tan bien y ya hace tiempo suficiente que conviven (como si fueran condiciones para la maternidad o el paso siguiente de cualquier pareja), ahí está el universo humano diciéndote cuáles deberían ser tus prioridades. Pequeños actos simbólicos, microviolencias que hacen su surco en tu espíritu lentamente como el agua o el viento que moldea una roca lento pero constante. Y llega el día en el que te escuchás decir que ya es hora de comprarte el bendito auto.

El momento en el que todo eso sea un mal sueño llegará, lo creo sinceramente, en el que cada mujer podrá elegir qué tipo de belleza quiere llevar y qué tipo de vida quiere construir sin tener que soportar preguntas o comentarios sobre su maternidad, pareja o trabajo como ítems de una lista que hay que completar pero que otros escribieron por ella. Sin que nadie tenga la necesidad de preguntar nada, ni siquiera bajo el pretexto de demostrar interés en tu vida, que al mundo le baste y sobre con verte sana física y espiritualmente, como un ser completo en sí mismo y con sus propias reglas.



Luján.-

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