PH: Matthew Henry

Lo que admiramos, muchas veces, se cruza con lo que nos gustaría admirar. Darnos de lleno con aquello que nos moviliza poco tiene que ver con decisiones intencionales. Hay una urdimbre de deseos, recuerdos y creencias que nos preceden, podemos escucharlas y hacer algo con eso o dejarlas ahí. Pero las preguntas no resueltas tarde o temprano buscan su lugar.



Me gustaría ser como la gente que no se cuestiona nada, que recibe lo que le llega como viene y ya. O no, no sé si me gustaría ser así. Simplemente no me pasa y no sé de que se trata eso. Me acostumbré a curiosear lo que no tiene nombre, lo dado por sentado, entre otras cosas, eso es lo que tiene que ver conmigo. Lo que más tiene que ver conmigo son las varas con las que me mido, hay que trabajar duro para reconocer las que te imponen y las que a una le gustan tener por propia decisión. No siempre me sale, soy hija de los mandatos sociales tanto como cualquiera y por eso estoy escribiendo esto. Nunca pensé que un auto iba a ser motivo de reflexión para Tapioca.



El último sábado fui a ver a una de mis bandas favoritas y mientras comprobaba lo intactos y sólidos que continúan Mustaine y su música, me fue imposible pensar en el desperdicio descomunal que producen esos conciertos. Un residuo a simple vista invisible e inofensivo. Toneladas de plástico de botellas, vasos y envoltorios de comida totalmente evitables. También me fue imposible no prestar atención a las bellezas de metal que dormían en el pasto en las puertas del estadio.



La exposición de autos, motos y otros fetiches vinculados al rock previas al show, me sedujo. Me avalancé como una niña sobre un Camaro negro mate que me llamó ni bien apareció ante mis ojos. Al lado una Chevy azul marino reluciente, totalmente original, salvo por el carburador de tres bocas que se levantaba sobre su capot, descansaba al último sol de la tarde más linda de este noviembre. Escribir esta descripción en un sitio que nada tiene que ver con autos es tan ridículo como necesario. Me emocioné, se me llenó el estómago de mariposas y adrenalina. Volví a mis domingos de la infancia cuando miraba las carreras a upa de mi papá, con ese piyama de un algodón indeformable que ya no se consigue, amarillo de rayas finitas azules y marrones. Es uno de los pocos recuerdos que tengo vivos en la memoria de papá viviendo en casa. Hoy seguimos hablando de autos, motos y motores de vez en cuando y él sigue cultivando su pasión fierrera. Yo dedico mis domingos al sol,  a aprender de pájaros, cuidar de mis plantas y gatos. Nada me importa sobre autos, hasta que me cruzo con uno que “vale la pena”.



Una vez, en una exposición mi papá me señaló un auto, era un Porsche, toqué el motor con la punta de mi dedo índice de 12 años y me dijo “no te laves las manos nunca más”. Me lo tomé al pie de la letra. Seguimos el recorrido y en un momento en el que había ido al baño, volví corriendo angustiada porque me había olvidado de la orden y me había lavado las manos. “Tranquila, la grasa de ese motor ya corre por tus venas”, me dijo. Nunca tuve una respuesta más aliviadora en la vida. Cada vez que me enojo con mi padre vuelvo a ese recuerdo para perdonarlo.



El cultivo cultural de la belleza y las pasiones es una incógnita tan simple de ver y tan difícil de transformar que muchas veces me paraliza la idea de cómo encontrarle una solución. Yo se que es “un pedazo de fierro”, pero no puedo dejar de ver belleza, me ocurren cosas reales en el cuerpo, no es una frase hecha. De la misma manera que alguien me dice que ve arte en una jugada de fútbol y yo veo a 22 tipos pasándola mal detrás de una pelota. Hace poco recordaba el comentario de un ex compañero de trabajo que le indignaba como los skaters pierden tiempo “útil” deslizándose por la ciudad como si fueran niños, mientras él publica su colección de muñecos de superhéroes en Instagram e invierte horas enteras en la lectura de cómics, algo muy útil a sus ojos seguramente. Las varas válidas deberían ser las propias. Nada me va a devolver esos domingos de la infancia, ni ponerme a coleccionar los autos clásicos más hermosos del mundo. Y no quiero que nada me los devuelva, están bien ahí, como un lugar cálido en mis recuerdos infantiles.



Así como en mi infancia de club me pareció que los deportes de competencia no eran lo mío porque siempre me ponía mal por los que perdían, de grande me convencí de que todo el tiempo, dinero y energía destinado a los autos tampoco era para mí o por lo menos no lo eran para los ideales que había abrazado. O como el mismo sábado durante el recital, mientras trataba de disfrutar de la música, mi conciencia se detenía en los vasos de telgopor aplastados que alfombraban el piso y pensaba “¿es necesario? ¿no se puede hacer esto de otra manera?”. Los recitales no van a dejar de existir porque una chica preocupada por los desperdicios que genera deje de asistir, o vaya una vez cada tanto cuando el músico en cuestión ya esté más cerca del arpa que de la guitarra y posiblemente sea su última actuación. Pero son esos y no otros, los giros de timón que creo que puedo darle a esa educación involuntaria de mandatos de vida que recibí. El tiempo de decisiones se encuentra o nos encuentra. Si decidimos evitarlo, en algún momento estalla en nuestra cara.





Luján.-

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